Los Azotes

El paso de los Azotes fue el último realizado por Salzillo para la Cofradía de Jesús entre 1776 y 1777. Siempre se ha considerado el conjunto menos afortunado de todos, aunque esta consideración ha sido revisada. El Cristo está muy alejado de la versión del de Santa Ana de Jumilla, más dramática. El escultor pretendía realizar un Cristo de expresión dulce, mirada baja y sumisa y serena anatomía, contrapuesto a la rudeza de los sayones, a sus rostros de gestos tensos llenos de violencia, sus cuerpos en torsión, en un magnífico recurso de expresividad. El centro de la composición está en la columna, eje en torno al cual se dispone el resto de las figuras.

Ese juego de valores fisiognómicos es uno de los recursos mejor manejado por Salzillo, al ser el escultor único de una procesión cuyos mecanismos expresivos podía controlar. La composición se basa en la sabia distribución de pesos y volúmenes acordados a la figura central de Cristo y de la columna que le sirve de apoyo. El rostro sereno de aquél, construido con la noble belleza recomendada por los tratadistas para representar el rostro de un justo, centra el interés del paso y decide la forma de distribuir las figuras, sus violentos escorzos, sus tostadas anatomías y los impetuosos giros impuestos para hacer más verosímiles la violencia de su acción. El arte de la persuasión, base de la retórica, encuentra en este paso su traducción plástica y la forma de continuar el discurso barroco.