La Cena

La Santa Cena

La Santa Cena

Este impresionante conjunto del barroco español fue encargado a Francisco Salzillo en 1761 para sustituir el de La Mesa de los Apóstoles que había realizado su padre Nicolás en 1700. El paso estaba constituido por imágenes de vestir, con las cabezas, manos y pies tallados en madera policromada. Algunos de ellos se conservan bastante transformados en la actualidad, propiedad del paso morado de Lorca, pues fueron vendidos a aquella localidad. Tenía un profundo sentido sacramental ya que se representaba el momento de la institución de la Eucaristía.

Francisco Salzillo se enfrentaba al problema de representar trece figuras en torno a una mesa. Era el paso que debía abrir la procesión, por lo que tenía que marcar un gran clímax expresivo. El momento escogido por el artista nos lleva al Evangelio de San Juan, cuando Cristo anuncia la traición, tal y como hiciera Leonardo para su Última Cena. Las palabras de Cristo provocan estupor, por lo que los comensales reaccionan moviendo sus cuerpos, levantando o extendiendo sus brazos, dirigiéndose unos a otros miradas cruzadas buscando al traidor o la explicación a las enigmáticas palabras de Cristo. Sus gestos denotan el carácter de cada uno de los protagonistas, mientras en torno al eje compositivo, marcado por la figura de Cristo, se crea una línea ondulante, como exigía la contemplación en redondo y en movimiento.

En este juego de tensiones y expresiones, Juan duerme plácidamente, frente a un Judas Iscariote intranquilo que se gira hacia el espectador, de amarillo y sin camisa bajo la túnica. La juventud de San Juan contrasta con el rostro anciano de San Andrés y su belleza con la rusticidad de San Pedro.

Todo se plaga de arrobamiento místico, con la sorpresa de los rostros, anhelantes y preocupados ante lo que va a ocurrir, o la expresión de las manos que parecen dialogar entre ellas.

Posiblemente la acción de Salzillo y de sus mentores de la cofradía de Jesús, especialmente del más significativo de ellos, Joaquín Riquelme y Togores, deban ser tenidos en cuenta a la hora de valorar la renovación emprendida con el encargo de estos pasos. No sólo había que renovar las viejas insignias – así llamaban a los antiguos pasos – sino introducir cambios más profundos en la transformación promovida. Cambia no sólo la calidad de las imágenes sino también con ellas sus significados. De la institución de la Eucaristía – en ese sentido se explica el antiguo conjunto de Nicolás Salzillo – se llega a la traición de Judas en la obra que contemplamos, signo inequívoco del cambio experimentado y de una renovación iconográfica que en Salzillo estaba determinada también por las especiales condiciones impuestas por la escultura en movimiento. Los apóstoles, giran, se agitan, no permanecen inmóviles sobre sus asientos, sino que al establecer un intenso y trágico diálogo entre ellos hacen posible contemplar sus rostros, sus manos y sus expresiones. Toda una lección sobre los componentes visuales de la imagen y sobre la estrategia de su contemplación.